A pesar de que se ha criticado sistemáticamente la poca efectividad de los métodos de enseñanza tradicionales, en la práctica de la educación impartida hoy día, aún se emplean estos mismos métodos, sobre todo en los niveles primario y secundario. No obstante, se ha venido haciendo un gran esfuerzo en otros aspectos del proceso enseñanza-aprendizaje: intentos de reforma educativa, de realizar nuevos programas y planes de estudio, cursos de perfeccionamiento del magisterio, seminarios, jornadas pedagógicas, etc.; pero lamentablemente los cambios de mentalidad son lentos y todavía persisten los vicios muchas veces denunciados por educadores y padres de familia.
Decía un famoso autor que nuestra educación podía calificarse como “pedagogía de la saliva y de la sumisión”. Los profesores y maestros se limitan a transmitir un saber especializado del cual el alumno no siempre capta su utilidad y sentido, situación en la que los educadores deben recurrir frecuentemente a su autoridad para exigir la atención del curso, lo que acarrea la pasividad del alumno. Así las cosas, todo el sistema atenta contra la posibilidad de que los niños y los jóvenes se expresen plenamente. Hemos creado tal vez, dos armas de un poder casi ilimitado para destruir la originalidad. Se trata de mecanismos perfeccionados por siglos y cuya efectividad y sencillez son asombrosos. Nos referimos a la monotonía a la que sometemos al niño desde que entra al sistema escolar y a la dispersión sistemática que sufre su inteligencia en aras del número de ramos y de la “cultura general”.
Son unos doce años en los que la campana, el timbre, la clase, el recreo, el cuaderno, el uniforme, la tarea escolar y el esquema completo se repite hasta el cansancio. Cuadros sociales rígidos, actitudes pasivas, orden artificial y un ambiente en el que la originalidad es muchas veces afectada. Son años y años en los que triunfan los que se adaptan, los que dejan su personalidad escondida o que sustituyen la propia por la exigida. Muchos y diversos estudios efecutados en los últimos años muestran que esta monótona rutina, este esquema gregario y masivo de educación aniquilan la creatividad de los alumnos. Las personas que pueden ser designadas como creadoras son, precisamente, aquellas que son divergentemente productivas. Acaso sea porque los profesores temen a los estudiantes rebeldes o porque resisten a los alumnos brillantes, el hecho es que muchos maestros se sienten inseguros cuando los alumnos buscan respuestas por su propia cuenta.
En cuanto a lo que anteriormente se denominaba dispersión sistemática, cabría señalar que estamos acostumbrados a un tipo de educación que tiende principalmente a la aplicación y a la reproducción de los conocimientos ajenos. En vez de enriquecer la educación diversificando experiencias anteriores hemos subrayado estos conceptos; sin embargo, vale la pena insistir. Si las escuelas cultivan preferentemente este tipo de actividad cognoscitiva, reproductora, día tras día durante un período de diez o más años, los estudiantes que abandonen estas escuelas serán inevitablemente de tipo pasivo y contemplativo, capaces de explicar el mundo de una u otra forma, pero no debidamente preparados para transformarlo de una manera creadora.
Con todo, nos quedamos con una educación que se contradice a sí misma. Por enseñar demasiado no enseña a aprender, por poner en manos del educando toda la cultura de la humanidad lo hace incapaz de hacer cultura, por querer prepararlo cuidadosamente para la vida de adulto mata su vida de niño o de joven. En contra posición es necesario destacar la importancia de la participación de los alumnos en su propia educación, considerándose los intereses de los estudiantes y aceptando su exigencia natural por algo que tenga un sentido para su formación.
Sirvan estos señalamientos nuestros, de orientación didáctica, como incentivo para que los técnicos del Ministerio de Educación, los educadores, los estudiantes y los padres de familia recojan el contenido del mensaje educativo, ya que estamos en pleno curso del período escolar de 2006.
AUTOR: Paulino Romero C. (Pedagogo y diplomático)