Quienes trabajan la alfarería, como profesión o como arte, saben que, en gran medida, la calidad de su obra depende de la del barro. Hay ocasiones que la tierra es tan mala, que lo que produce es puro lodo, no barro noble y bienhechor. Eso nos pasa a los panameños. La actual generación y sus predecesoras inmediatas, como diría el alfarero, son un mal lodo.
Hay tal pobreza moral y de valores, de sentido y responsabilidad de Patria, entre los nacionales, que si el país no está peor es porque el Creador realmente nos quiere, porque si de nosotros, los panameños, dependiera, estaría mucho peor.
Observemos los desmanes de los conductores de bus, los taxistas, el maestro que vendía exámenes en Herrera, la asociación de padres de familia robando los ahorros escolares, la directora de colegio rebuscándose, el político llenándose los bolsillos, el policía vuelto un delincuente, el funcionario cobrando coimas, el conductor o pasajero de carro arrojando desperdicios a la calle, los vecinos echando basura a las quebradas, los políticos enriqueciéndose, los participantes de un paseo dejando la playa hecha un asco, el otro orinando en vía pública, “a quien no le gusta, que mire a otro lado”, la chabacanería, la subcultura, el mal hablar y la vulgaridad por doquier. Somos un país de nacionalidad débil, carente de orgullo por lo panameño, salvo cuando algún deportista triunfa en el exterior, no por Panamá sino por dinero. Este es el reino del “juega vivo”, como dijo John Le Carré, en “El Sastre de Panamá”, “el país donde todo está permitido, donde ni se gana, ni se pierde reputación”. Como dijera el famoso tango, “Y en el mismo lodo, todos revolcaos”.
¿Solución? Ninguna, salvo educación a largo plazo; pero no a la presente sino a las futuras generaciones, empezando con la que nacerán dentro de cinco años, no antes, porque hoy no hay suficientes maestros buenos, con mística y vocación, para formar un panameño nuevo. Y eso sólo será posible si empezamos forjando una nueva clase de educadores, no los de ahora. Por eso es que, buscando símbolos históricos inspiradores, que toquen lo poco rescatable que nos queda en materia de enseñanza, hemos propuesto una vuelta a la Normal de Santiago, al reencuentro con Juan Demóstenes Arosemena, para que, cuanto antes, formemos una nueva generación de educadores, que rescate los valores de antaño, empezando por los jardines de la infancia.