POR: SALOMÓN DIAZ SATURNINO para REVISTA SIETE! FOTO: CORTESIA |
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![]() Después de fatigarse por la melancolía y de tropezar tantas veces con la razón, la esperanza decidió perderse en una de esas angostas calles de la ciudad, aquellas de pequeñas puertas y pocas ventanas, la cual desembocaba en un malecón. |
Llegó un
día en el que nadie pudo encontrar la esperanza, se extravió
misteriosamente, desaparecida sin rumbo conocido ni rastro que
seguir. Aquel día, de momento todo pareció más
sombrío y las luces se hicieron poco a poco más
tenues, apenas se podía entrever la temerosa luz de luna
a través de las copadas nubes. Repentinamente se dejó
oír un prolongado aullido malogrado de un perro, tan largo
que pareció eterno. En esto, las personas se acercaron
a sus ventanas, pero tan sólo lograron ver cómo
el rocío de lluvia empañaba su vista. Pasaron horas y horas, mientras, el frío congelaba toda señal de esperanza, que aún sin paradero se hallaba extraviada. De pronto, toda la ciudad estaba dormida y sus sueños se hicieron cada vez más pesados, tanto que su falta de ligereza no les permitió volar hasta los cielos para ser escuchados ante los oídos de Dios. Esa noche se hizo interminable y su silencio tan penetrante que absorbió hasta la más pequeña gota de ilusión que vagase alguna vez por aquella avenida tan alegórica, en la que un día los peatones corearon cánticos de alegría o quizás de ignorancia sin culpa. Por esta misma avenida deambulaba la esperanza cabizbaja, en este rincón sin nombre ni historia, sollozando desorientada, nada la pudo consolar, un poco meditabunda recordaba cuánto extrañaba aquella última ilusión que vio detenerse frente a ella y brillar con luz propia, decidida a convertirse en realidad. Sin embargo, la esperanza aún se tenía a ella misma, y entre sus andares sintió una corazonada que le pisaba el talón, había algo que le suplicaba no desvanecer, porque aún era vital, ¡tanto! como el agua que los hombres bebían para fortalecerse. Después de fatigarse por la melancolía y de tropezar tantas veces con la razón, la esperanza decidió perderse en una de esas angostas calles de la ciudad, aquellas de pequeñas puertas y pocas ventanas, la cual desembocaba en un malecón. Luego, al llegar al fin de la calle, sintió la necesidad de sentarse en ese muro que hacía la división entre la ciudad y el mar, como si algo le dijese que había una delgada línea que separaba la vida de la muerte. Perturbada entre tanta confusión pensó en tirarse al mar para al fin poder morir y ahogar sus penas. Al acercarse al agua en su primer intento, se dejó caer, pero sorpresivamente se vio tendida por el brazo, y mirando fijamente su reflejo en el agua, alcanzó a ver a sus incansables compañeros de batalla. Eran la justicia, el amor, la paz y la bondad que, apoyándose el uno con el otro, extendían su brazo para rescatar la esperanza. Sentían el deber de corresponderle a esta que tantas veces los había socorrido. Sin embargo, la esperanza no era fácil de convencer, aún sentía tristeza y soledad... pero estos sin flaquear una vez más intentaron socorrerla, alentándola con unas cuantas palabras: ¡No desfallezcas, esperanza, que sin ti no podríamos vivir!, porque jamás una causa justa venció sin tu imponente presencia", dijo la justicia -;"tampoco habrás oído de un amor consumado sin el gozo de tu pasión" -grito el amor-; "o es que acaso un mundo tan frío podría percibir el olor a calma y sentir el sabor de la tolerancia sin tu calor" - susurro la paz-; "¡Oh!, no imaginas cuan cruel sería yo si no me acompañase tu luz y tu dicha, en mi obra redentora -pronunció la bondad-... Pero sus emociones se volvieron cada vez más turbias y confusas tanto que ya no podía contener su debilidad. De pronto, en medio de la conmoción se dejó oír una voz de profunda serenidad pero con suma firmeza , que dejó un eco celestial en el que se lograron escuchar pausadamente estas palabras: En mi mundo han pasado toda clase de cosas, algunas que no desee en mi inmenso poder permitir que sucedieran, pero fui fiel a mi palabra y los bendije con el libre albedrío. Después de todo, he visto hijos caer, he visto hijos levantarse, he visto madres llorar he visto madres reír, he visto hermanos hacerse daño he visto hermanos crecer de la mano. Aunque en mis ojos ha irrumpido la desidia y la desolación de las guerras e incluso la impotencia de la desnutrición, todavía no he podido hallar a un hombre tan pobre, que no tuviese con qué pagarte, yo me encargaré de que en los bolsillos de cada hombre haya una poca de ilusión, que te devuelva el brillo esperanza para que te derrames esta vez sin perder tu misión. Después de aquel día, fortalecida y perseverante, la esperanza siguió su camino reencontrándose con la ilusión en cada paso, lista para transformar los sueños en realidad y decidida a ser en el mundo lo último que se pudiese perder. |
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