RUMBO A FRANCIA ´98

 



Cinco siglos atrás los florentinos inventaron un juego que puede considerarse como antecesor del fútbol. El partido más bello se jugó en 1530, pese a los Médici y a Carlos V, quien sitiaba la ciudad desde hacía cinco meses.



Sergio Valentini
Tomado de la revista Il Mondiale, del Comité Organizador de Italia'90

La idea surgio de Pandolfo Puccini, el más famoso de los Gastadores de Florencia. Se reunió el Consejo de los Ochenta, llamados los Requeridos, y aprobó la solicitud a condición de que Malatesta Baglioni, gobernador general de la milicia florentina, concediese una tregua de armas a los jugadores. De este modo, el 17 de febrero de 1530, la República ofreció a sus ciudadanos y a los asediadores imperiales el fútbol florentino en librea.

Era carnaval, y nunca se había visto en Florencia un carnaval sin desafío de jugadores. En el Vicolo de' Cavallari, en el puente de la Carraia, en la esquina de la Cuculia, en el Vicolo della Fogna, aprendices de jugador, veteranos y transeúntes se desafiaban sin ternera ni librea; el jueves lardero los campeones acudían a la plaza Grande por la ternera de premio y por el honor, "agraciados y bellos con librea de gala porque tenían como espectadores a las mujeres más atractivas y a los hombres más linajudos de la ciudad".

Los viejos recordaban un partido de cuarenta años antes, del 10 de enero de 1490, "cuando el Arno estaba tan helado que los jugadores combatieron sobre la losa de hielo entre el puente Vecchio y Santa Trinita"; sin embargo, el partido que estaba por disputarse había de ser, por los siglos de los siglos, el más épico y glorioso, el más legendario de todos los encuentros de "calcio", el fútbol florentino.

Así, pues, Raffaello Girolami, los gobernadores de los barrios, los doce Buenoshombres, los diez Priores de Libertad y Guerra, los Ocho de Potestad y Custodia, en suma, todos los magnates de la República prepararon el ceremonial y el partido para la Florencia asediada y para la posteridad. De los baluartes de San Miniat al Monte -- plaza fuerte de la resistencia -- descendió a la ciudad Miguel Angel Buonarroti, "gobernador y procurador general instituido para construir y abastionar las murallas y levantar cualquier otra fortificación y protección para la ciudad de Florencia". Aluigi Alamanni, poeta de la Academia de los Georgófilos, lo presentó al público: "El -- dijo -- proyecta, funde, fortifica, filosofa, versifica, arenga, combate, en resumen, hace de todo". Luego lo invitó a disponer en orden el cortejo de los jugadores. "Dios lo quiere", sentenció fray Benedetto Tiezzi da Foiano, predicador de Santa Croce.

Desde el 24 de septiembre del año anterior, Florencia estaba sitiada por las tropas imperiales de Carlos V, a quien había encumbrado el papa Clemente VII, deseoso de que la ciudad retornase a los de su linaje, los Médici, derrocados por la revuelta de 1527. Mandatos dados por el virrey de Nápoles Filiberto de Chalóns, príncipe de Orange, lasquenetes alemanes del conde de Lodrón, infantes españoles de Antonio de Leyda y tropas pontificias de Sciarra Colonna se habían ido adueñando de Casentino, Valdarno, Vallombrosa, Rignano, Settignano, Mugello, Chianti, Giramonte, Poggio Imperiale, Scandicci, Badia di Fiesole y San Donato in Polverosa. Ahora apretaban sobre Florencia.

BUONARROTI
Silvestro Aldobrandini sometió a voto la propuesta de jugar el partido en la plaza de Santa Croce, a fin de que las tropas imperiales divisaran desde los cerros próximos, y constatasen, que el largo asedio, el hambre y las enfermedades que los sitiados sufrían (de la disentería al fuego de San Antón), no había menguado su resistencia.

La campaña de la Señoría tañó y el cortejo que Buonarroti había alineado partió de Santa María Novella para Santa Croce: signíferos con mazas de plata adornadas de flores de lis, trompetas, músicos, tambores, Bindo di Marco, llamado Gorzerino, vestido de heraldo con flor de lis roja en el pecho, bombarderos, arcabuceros, palafeneros, lanzas rotas, el Procónsul de las Artes, las siete Artes Mayores y las catorce Menores, el Tribunal de Comercio, los estandartes de los cuatro barrios, blanco el de Santo Spirito, rojo el de Santa María Novella, verde el de San Giovanni y azul el de Santa Croce.

Cosimo Strozzi y Giangirolamo Pitti llevaron el Marzocco, león coronado que era símbolo de Florencia. Dos vaqueros condujeron la ternera de premio, toda hueso, última res que se había conseguido introducir en Florencia por el coladero de Fiesole. Los jugadores llegaron a Santa Croce de las torres de guardia, los bastiones y el campanario de San Miniato, que Buonarroti había protegido contra las bombardas con pacas de lana. Como demostración y advertencia para los vigías imperiales, dispusieron ordenadamente sus armas al lado del campo; culebrinas, trabucos, arcabuces, alabardas, falcones, esmeriles, serpentines, basiliscos, ballestas, gerifaltes, picas, hachas, partesanas, estoques, coselees, celadas.

Se sacaron las corazas y aparecieron maravillosas libreas de seda, terciopelo y brocado de oro.

Centenares, miles de notables, damas y simples ciudadanos habían acudido al lugar, del mismo modo que las rameras de Vía della Ninna y de Vía dell'Amorino, a quienes el "bando contra las mujeres de mal vivir" obligaba a abandonar la ciudad. "Bocas inútiles", señalaba el banco; merecieron que se les condonase la pena por haber proveído diariamente a la ciudad de berro, archicoria y rapónchigos que recogían fuera de las murallas bajo el fuego enemigo.

Cantos en canon ascendían de la plaza hasta los imperiales alineados en los cerros: afición burladora y plebeya contra el emperador Carlos y el papa Clemente, de quien se notificaba un modesto pasado de futbolista florentino y el ser hijo bastardo de Giuiano de' Médici.

"Abajo el Marzocco", replicaban los imperiales desde su tribuna en el Giramonte. Y entonces voló por encima de la muchedumbre un proyectil de culebrina. Lo había lanzado un lansquenete alemán, despechado por el coro republicano y más aún por la fiesta y por el espectáculo que Florencia, tan bella y aún intacta, ofrecía: la cúpula de Brunelleschi, la torre del Bargello, Santa María del Fiore, Palazzo Vecchio, Ponte Vecchio, el Arno...

En la plaza se formaron los equipos alrededor de los campeones más celebrados: Marco Strozzi el Mammaccia, "datore innanzi" (zaguero) de tiro desmedido", Stefano Colonna, campeón de pelota romana "enjuto y doblegable por todas partes", Musacchino, "ferocísimo entre los "sconciatori" (medios) que golpea, hunde, tumba o, al menos, desbarata", Giovanbattista Corsini el Sporcaccino, "docto en encuentro de pelota", y Piero Sassetti, "astuto para enardecer la escaramuza".

El fútbol florentino era considerado "escuela de guerra y luz de la vida, noble fatiga de héroes bien nacidos". Por esto los poetas lo cantaban delicadamente: "Como soles resplandecen los jugadores, pues no caben tullidos o deformes, donde reinan júbilo, y armonía".

El 17 de febrero de 1530 no hubo júbilo entre los jugadores, y tampoco armonía.

Hermanados en la guerra contra los imperiales, todos se acordaron del día del partido de viejas rencillas de barrio, discordias de censo y de casta, envidias de oficio, diferencias de intereses o de fe: los "Piagnoni" (llorones) del difunto fray Girolamo Savonarola contra los "Ottimati" (próceres), el Arte de la Lana contra el de la Seda, los tocineros contra los carniceros, el barrio del Drago contra el del Unicornio. "Hierve la pugna entre los "innanzi" (zagueros) y los "sconciatori" (medios), a quienes da nombre el modo como golpean: narices machacadas, cabezas rotas, ojos magullados".

Morticino degli Antinori, "muy audaz y de miembros enjutos", esquivó a los "datori indietro" (porteros) de San Giovanni, pero cayó en manos de Dante da Castigione, "de complexión ferocísima, parecida casi a la de un bruto".

Dante da Castiglione se cargó a Moticino degli Antinori y, habiendo arrollado y pisoteado a los jugadores del barrio de Santo Spirito que le cerraban el paso, "lanzó más allá de la empalizada a Morticino y la pelota inflada que éste apretaba en el pecho".

De este modo Dante da Castiglione realizó la jugada con que se decidió el resultado. Los palusos de la plaza y de los cerros decretaron triunfo análogo para Morticino degli Antinori, "glorioso por haber sufrido el cañoneo antes de soltar la pelota..."

 







 

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