Jueves 7 de octubre de 1999


Escolta de Torrijos y Walker enterraron cadáver

Rafael Pérez Jaramillo y Arnulfo Barroso Watson
El Panamá América

PRIMERA ENTREGA
E
l testigo clave que reveló a la Iglesia Católica el sitio en donde fue enterrado el presunto cadáver del padre colombiano Héctor Gallego, identificó plenamente a Melbourne Walker y a un conocido escolta del extinto general Omar Torrijos, como dos de los tres militares que sepultaron el cuerpo en el cuartel Los Pumas de Tocumen.

En una entrevista exclusiva con El Panamá América, el testigo asegura haber visto cuando el entonces sargento del G-2, Melbourne Walker, el escolta de Torrijos, Rafael Castro Ibarra, alias "Palanca" (hoy difunto), y otra unidad que no pudo identificar, llegaron uniformados con el cuerpo al cuartel de Los Pumas.

Consultado anoche vía telefónica, el abogado de Walker, Ramiro Fonseca, prefirió no formular mayores comentarios acerca de los señalamientos en contra de su defendido, hasta tanto no se concluyan las pruebas del ADN y se arroje el resultado que determine la identidad de los restos hallados. Sin embargo si dijo que Melbourne Walker "no enterró a nadie", y agregó que "más posibilidad hay que el testigo haya enterrado al padre, que Walker", debido a que nadie en 28 años dio con exactitud milimétrica en el lugar donde enterraron el presunto cuerpo de Gallego.

El testigo clave, quien pidió guardar la reserva de su identidad, dijo haber revelado al fiscal auxiliar Carlos Augusto Herrera y al arzobispo de Panamá, José Dimas Cedeño, la identidad de al menos uno de los militares, a quienes reconoció en el momento en que enterraban el cadáver. Melbourne Walker, quien actualmente purga una condena de 15 años por el homicidio del sacerdote Gallego, trabajaba en junio de 1971, en la sub-jefatura del G-2 con el rango de sargento primero de la Guardia Nacional, teniendo como jefe inmediato al teniente coronel Manuel Antonio Noriega. Otra fuente militar confió que Castro Ibarra, "Palanca", fungió como escolta del general Torrijos desde finales de la década de 1960 hasta mediados de la de 1970 y en los múltiples viajes que hizo con éste a El Salvador entabló relación amorosa con una mujer, por lo que decidió casarse y radicarse en ese país en donde murió en 1990. En el país centroamericano, "Palanca" trabajó como guardaespaldas de una familia con recursos económicos. El informante indicó que "Palanca" fue seleccionado como escolta personal del general, debido a que se trataba de un hombre "arrojado" y "aventajado". Castro Ibarra estuvo asignado en un tiempo también a la escolta del difunto presidente Rodolfo Chiari.

Al trasladarse a El Salvador, "Palanca" ostentaba el rango de sargento primero. La fuente relató que Castro Ibarra trabajó con Torrijos en Tocumen y allí entablaron una buena relación. Gabriel Miró, hijo del asesinado Rubén Miró G. llegó a implicar a "Palanca", como una de las personas que capturaron a su padre el 31 de diciembre de 1969 (noche en la que fue ametrallado), antes de ser conducido al Departamento Nacional de Investigaciones (DENI).

De acuerdo al testigo clave de Tocumen, en junio de 1971 él permanecía durmiendo en un vehículo Jeep, estacionado en el "taller de engrase" que se hallaba en la sección de reparación de vehículos del cuartel Los Pumas, conocida como "motor pool", y desde allí pudo observar el entierro de los supuestos restos de Gallego.

Según relata, él pernoctaba en ese sitio (y no en su barraca) a causa de un castigo (un cuadro) impuesto por el entonces capitán Ricardo Garibaldo, quien le advirtió que hasta tanto no reparara un vehículo que había averiado, debía permanecer castigado durmiendo a la intemperie.

Cuando ya se cumplía la tercera noche de castigo, el testigo recuerda que aproximadamente a las 12:30 ó 1:00 de la madrugada, "tres unidades" llegaron al área y dieron inicio a una excavación a escasos metros donde se encontraba el referido taller de engrase. Mientras cavaban, las unidades "sacaron una botella de bebida alcohólica y empezaron a beber", y el testigo observaba desde el asiento del conductor del Jeep, oculto con una lona que cubría el vehículo estacionado de tal forma que su parte frontal apuntaba directamente al sitio de excavación.

El testigo clave identificó a la ambulancia 514 como el transporte en el que llegaron al sitio las tres unidades quienes, tras cavar, procedieron a extraer de la ambulancia, una camilla donde llevaba "un cuerpo" que fue conducido al hoyo abierto en la tierra y allí "lo echaron", "lo tiraron".

Aseveró no haber logrado ver detalle alguno del cuerpo que era arrojado al hueco, pero sí pudo notar que se trataba de uno que se mantenía completamente inmóvil, mientras era extraído de la ambulancia color verde, con su respectiva cruz roja en un fondo blanco. Añadió que "Palanca", quien casi toda su vida había trabajado en Tocumen, y que para la fecha del suceso narrado, era un raso y laboraba como escolta de Omar Torrijos, era la persona que conducía esa madrugada la ambulancia 514, que pertenecía al Cuartel de Los Pumas.

Preguntado acerca del tercer individuo que se encontraba en el momento de la excavación y entierro, la fuente respondió que "nunca antes lo había visto", sin embargo describió que se trataba de una persona de tez blanca, posiblemente de 147 libras, y cabello "cholo" (lacio).

El testigo alegó estar seguro de la identidad de Melbourne Walker, porque se trata de una persona a quien conoce, y porque al día siguiente del suceso, pudo ver que había llegado en un automóvil civil, (cuya descripción no recuerda) al cuartel de Los Pumas. Ignora qué fue a hacer Walker al día siguiente del suceso, pero sí evocó que a él mismo le correspondió cargar con combustible el carro que el agente del G-2 conducía, porque fungía como segundo jefe del taller de mecánica, y tenía a su cargo el cuidado de la llave de la bomba de combustible.

Cuando se le preguntó si Walker giraba instrucciones o realizaba algo durante el tiempo en que se procedía a cavar o llevar la camilla, el testigo guardó un espacioso silencio antes de responder: "Yo no creo que él [Walker] haya sido el que iba comandando esa operación", pero no aclaró quién lo hacía.

Al testigo también se le interrogó si a la hora en que vio a las personas enterrando el cuerpo era posible reconocer a los militares bajo ese manto de oscuridad impuesto por la noche, y a ello contestó que "esa área del taller siempre permanecía iluminada", para evitar el hurto de piezas.

Inquirido acerca de lo que pudo escuchar durante la hora y media que tomó (según recordó) el trabajo de cavar y enterrar (según su cálculo), el testigo dijo sólo rememorar que los sujetos hablaban y reían, pero que a él le era difícil descifrar lo que conversaban.

"Ya cuando a él lo llevaron allá era para tirarlo al hueco", expresó, cuando se le insistió evocar cualquier palabra, frase, o gesto que hubiese registrado de los tres militares que participaban en el entierro del cadáver. Recordó también la presencia de "un centinela", como la unidad que debía estar cuidando, pero dijo no poder identificarlo. Sin embargo, admitió que tal centinela sabía que él permanecía sometido a un castigo, y que por tanto, estaba en el sitio referido.

Al día siguiente, siguió narrando, él se levantó del jeep en el que durmió, y aproximadamente a las 6:45 de la mañana, tras proceder a lavarse la cara, optó por contar los pasos desde la pared hasta el sitio donde se enterró el cuerpo la madrugada anterior. "Conté siete pasos", recordó.



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El abogado de Walker prefirió no formular comentarios acerca de los señalamientos en contra de su defendido.
 

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