Viernes 8 de octubre de 1999


El secreto de Los Pumas, 28 años después

Rafael Pérez Jaramillo y Arnulfo Barroso Watson
El Panamá América

SEGUNDA ENTREGA (continuación)
¿P
or qué el testigo que informó a la Iglesia Católica sobre la fosa en Tocumen no habló sino 28 años después del suceso? ¿Por qué creyó que los restos pertenecían a Héctor Gallego? ¿Con quién entabló el primer contacto para revelar su secreto? ¿Es él acaso uno de los militares que participaron en el entierro?

Estas y varias otras preguntas bullen entre todos aquellos interesados en los resultados por el hallazgo de unos restos que, se presume, sean los del plagiado sacerdote. Las interrogantes fueron absueltas por el testigo que concedió una entrevista a El Panamá América, bajo la condición de mantener la reserva de su identidad.

Durante casi tres décadas el testigo guardó el secreto acerca de los restos que vio enterrar en una fosa situada a escasos metros del taller de engrase de la sección de "motor pool" del antiguo cuartel Los Pumas de Tocumen, y no fue sino hasta la antesala de las elecciones cuando decidió romper el silencio ante un candidato a legislador.

Tras hacer notar que el entonces aspirante a legislador (cuya identidad no reveló) prefirió guardar su distancia del hecho, el testigo dijo haber revelado a un sacerdote, primero, al arzobispo de Panamá y al fiscal auxiliar, después, acerca del sitio en que se enterró el cuerpo de quien se cree, podría ser el sacerdote colombiano.

A todas esas autoridades el testigo confió una historia prolongada con la llegada de una ambulancia al cuartel de Los Pumas, y epilogada con el recuerdo inmarcesible de los siete pasos que contó para recordar 28 años después, el sitio exacto de la soterrada tumba que durante semanas ha remecido al país.

Veintiocho años de mutismo comienzan a ceder. ¿Se estará abriendo el primer capítulo de una nueva historia encaminada a la verdad sobre Gallego?

CREI QUE ERA GALLEGO
Aquella noche le resultó imposible identificar a Gallego. Aún hoy, tres décadas después, el baile de la duda lleva el ritmo de las expectativas hacia la prueba del ADN. El testigo clave, jamás imaginó que se trataba del sacerdote secuestrado, sino hasta que datos posteriores al hecho, despertaron sus sospechas.

Dijo que posterior al entierro que presenció, corrieron una serie de rumores acerca de la desaparición del padre Gallego. Con el paso de los días, y dado que los hechos hallaron correspondencia, el testigo dijo creer que el entierro sucedió el 10 de junio de 1971.

"Ya prácticamente no había que ser un gran tirador de línea para saber que cabía la posibilidad de que fuera él", razonó.
Aparte de eso, sumó, posteriormente Nivaldo Madriñán llegó a manifestar públicamente la posibilidad de que Héctor Gallego hubiese sido sepultado en Tocumen. "Empecé a sospechar que era el cuerpo de Gallego cuando se dio el hecho, y cuando vino el juicio, y Madriñán dijo lo de Tocumen, lo sospeché más", precisó.

El testigo hace notar que hasta ahora no existe una total certeza dispuesta a validar que la identidad de Gallego corresponde al cuerpo hallado, pero muchos indicios lo señalan. "A esa persona enterrada trataron de salvarle la vida, porque el cuerpo lo encontramos con una venda alrededor de la cabeza", explicó.

¿POR QUE NO HABLO ANTES?
Una de las preguntas que mayormente merodea alrededor del caso, se precipita en indagar: ¿Por qué no habló antes? ¿Por qué ahora?

El entrevistado recordó que desde que se dieron los hechos, hasta el año de 1989, se mantenía aferrado al poder el gobierno que guardaba una participación directa en la muerte de Gallego. Posteriormente, después de 1989, "ya tú sabes que todo lo que olía a militar iba preso y después lo investigaban", sostuvo.

"Después llegó el gobierno de Pérez Balladares, colaborador directo de todo lo anterior a 1989", y tampoco era posible, porque muy probablemente no hubiesen realizado gestión alguna, y adicionalmente hubiesen "borrado las evidencias", siguió amontonando el testigo entre las razones que lo llevaron a desistir de hablar.

El testigo se definió como un militar que sufrió el constante abuso de sus superiores, que querían hacerle gracias a los comandantes de turno. En varias ocasiones el entrevistado mostró su amargura porque varios de sus compañeros de trabajo lograron ocupar puestos importantes en la institución, a pesar de que no tenían más capacidad que él y sólo porque se prestaron para "recoger la basura" de la Guardia Nacional.

EL PRIMER CONTACTO
Evocando el curso que tomó la información en su ruta de volverse pública, el testigo reveló haber hablado en la antesala de las elecciones de este año, con un candidato a legislador con quien guarda un parentesco familiar. "Le expuse el caso y él me dijo no, no, no... yo no me meto en ese problema", expresó.

Preguntado acerca de la identidad del "honorable", el testigo dijo que resultaba preferible "dejarlo allí".

Así las cosas, el testigo optó entonces por confiar el secreto a un sacerdote de la Iglesia de San José: "Yo creo que posiblemente sepa a donde hay un cuerpo enterrado que puede ser el del padre que anda buscando la Iglesia. Esas fueron mis palabras", dijo el testigo antes de terminar: "El cura me puso en contacto posterior con monseñor".

Aseguró que monseñor le dijo que la Iglesia "no estaba bien con el presidente de turno" y por ello se le instruyó a esperar hasta tanto se diera el cambio de gobierno. "Esa es la razón por la que hoy en día ustedes ven cómo culminó beneficiosamente esto para los restos de la persona que estaba allí enterrada", agregó.

Según dijo el testigo, el fiscal Carlos Augusto Herrera se enteró del asunto en los días previos a la excavación, versión que no coincide con la de una fuente cercana a las gestiones, quien dijo que el funcionario conoció el secreto semanas antes del cambio de gobierno el 1 de septiembre.

Esta fuente reveló que la idea de esperar al cambio de gobierno para dar inicio a las diligencia de exhumar los restos del sitio, provino del fiscal Herrera, y no del arzobispo de Panamá. Agregó que el arzobispo siempre se mostró dispuesto a investigar la versión.

SU CAMISA EN LA FOSA
El testigo recuerda que aquel miércoles 23 de septiembre, él participó en la excavación de los restos que se sospecha, pertenecen a Gallego.

Dijo que la osamenta fue hallada "de lado" y que la pierna izquierda mostraba rasgos de fractura. Recordó haber sido uno de los que develó la parte de la cabeza semi cubierta con una venda sostenida con cinta adhesiva, lo cual significa que el cuerpo presentaba una herida que recibió atención médica.

No le fue difícil recordar que por entonces (junio de 1971) existía la Clínica de la Guardia Nacional del Cuartel Central (que era un consultorio bastante modesto) y la Sala 28 del Hospital Santo Tomás, que posteriormente vino a ser el Pabellón Victoriano Lorenzo. Por aquellos días, ya el sitio estaba dotado de un helipuerto.

Según el informante el miércoles 23 de septiembre, cuando se efectuó la excavación, se hallaron restos de una camisa militar que para junio de 1971 fue de su propiedad. Esto fue explicado por el testigo, al recordar que el día del suceso, él permanecía durmiendo en el jeep estacionado en el taller de engrase de "motor pool" y decidió despojarse de su camisa.

Precisa que antes de acostarse recordó que su camisa militar estaba sucia y que por esa razón optó por lavarla. Reiteró que en virtud del castigo que se le impuso, estaba impedido de dirigirse a su casa para remozar su presentación con ropa limpia, y ello lo empujó a lavar la camisa sucia, para enseguida colgarla sobre el retrovisor del jeep en el que dormía.

Aquella noche, cuando se estaba enterrando el cadáver, una de las personas (él cree que fue "Palanca") tomó la camisa colgada para limpiar su anatomía y luego uno de ellos la arrojó en el hueco. "La camisa se quedó allí... yo no fui a cavar para sacar esa camisa.. se perdió.... se perdió", dijo en sus revelaciones el testigo.
OTRAS FOSAS
En el curso de su conversación, el testigo reveló la posibilidad de que existan otros cuerpos enterrados en el área del antiguo cuartel de Los Pumas.

Se le preguntó específicamente a qué sitios se refería y respondió que "se dice que hay varios cuerpos enterrados". Esto sería en un sitio en el que "se hicieron unas casas para oficiales, en una lomita", explicó.

"Tú entras allí. En ese lugar quedaba un cuartel de bomberos hace muchos años atrás", siguió explicando el testigo. Agregó que lo que antes fue cuartel de bomberos, después se convirtió en la residencia del capitán jefe, y después se edificó una barriada destinada a los oficiales.

"Bueno allí, por ese lugar, se rumora que hay varios cuerpos enterrados", confió el testigo.

Preguntado acerca de los nombres de muertos enterrados que se rumoraban, dijo que "se supone que por allí debe estar enterrado un señor a quien decían el Macho Aguilar. También hablaron de un tipo que era jefe de la guerrilla, un uruguayo de apellido Sardiñas".

¿ES UNO DE LOS ENTERRADORES?
Entre las reacciones registradas ante las declaraciones del testigo clave, no ha dejado de levantarse la suspicacia de su eventual participación en calidad de cómplice, en el entierro del cadáver hace 28 años.

A estos comentarios se adhirió el abogado Ramiro Fonseca, defensor de Melbourne Walker, uno de los condenados por el homicidio de Gallego, quien insinuó esta posibilidad al expresar que "más probabilidad" existe de que el testigo participara en el entierro que su defendido.

Ante esas suspicacias se le inquirió al testigo, qué contestaría si alguien sospechara que usted era uno de los militares que participó en el entierro, y respondió que no tiene preocupación porque "cuando tú no la debes, no la temes". Hizo notar además que él alcanzó su jubilación con el cargo de "sargento primero".

"Si yo soy un sargento primero, un hombre jubilado de sargento primero, yo le preguntaría a esa persona [a quien lo acuse de cómplice], ¿A dónde está el premio que me dieron?", dijo el entrevistado recordando que en ese tiempo se premiaba a quienes hacían "una torta, por no decir otro calificativo".

El informante considera que "todos los que manejaron los trapos sucios de las esferas gubernamentales de aquella época", fueron a quienes premiaron con dinero, y con ascensos.

¿TEME POR SU VIDA?
¿Tiene temor?, se le preguntó aludiendo a lo que conoce. Parco y sin sobresaltos, el testigo contestó: "¿Quién no teme por su vida? Y es posible que hasta ustedes [los entrevistadores] estén involucrados en esto porque es posible que haya intereses detrás de esto que quieren que se llegue hasta aquí".

"Es muy posible que existan intereses que quieran que esto llegue a menos de aquí", siguió diciendo. No desestimó la posibilidad de que "tengas a alguien mirando a ver qué es lo que se está cociendo aquí adentro [se refiere al sitio de la entrevista]", exclamó antes de reiterar:

"Es muy posible que ustedes tengan participación directa". "Por mi familia, sí es posible que temo", respondió en otro momento el testigo contrastando, sin embargo, que él realmente no teme porque ha caminado toda una vida.

TE HARE JUSTICIA
En lo que se supone debió ser un monólogo interno, el testigo prometió algo aquella noche de junio de 1971. Por aquel entonces, comentó, se impuso la promesa de "hacer justicia" algún día, al cuerpo que allí se enterraba.

Cuando se le preguntó acerca de las motivaciones que lo conminaron a fijarse tal promesa, el interlocutor respondió que él por convicción "nunca ha estado a favor de segarle la vida a una persona". Agregó que su creencia se sustenta en que "para segarle la vida a un semejante, solamente Dios".

Al inquirírsele si pensaba así "a pesar de que era militar", respondió que sí, y sin demorar mucho, enseguida evocó sus funciones laborales por aquel tiempo: "Yo trabajé como militar administrativo". Esto lo expulsó antes de reiterar que sólo Dios tiene en sus manos la facultad de despojar a una persona de su vida.



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"Bueno allí, por ese lugar, se rumora que hay varios cuerpos enterrados", confió el testigo.
 

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