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El secreto de
Los Pumas, 28 años después
Rafael
Pérez Jaramillo y Arnulfo Barroso Watson
El Panamá América

SEGUNDA ENTREGA (continuación)
¿Por qué el testigo que informó
a la Iglesia Católica sobre la fosa en Tocumen no habló
sino 28 años después del suceso? ¿Por qué
creyó que los restos pertenecían a Héctor
Gallego? ¿Con quién entabló el primer contacto
para revelar su secreto? ¿Es él acaso uno de los
militares que participaron en el entierro?
Estas y varias otras preguntas
bullen entre todos aquellos interesados en los resultados por
el hallazgo de unos restos que, se presume, sean los del plagiado
sacerdote. Las interrogantes fueron absueltas por el testigo
que concedió una entrevista a El Panamá América,
bajo la condición de mantener la reserva de su identidad.
Durante casi tres décadas
el testigo guardó el secreto acerca de los restos que
vio enterrar en una fosa situada a escasos metros del taller
de engrase de la sección de "motor pool" del
antiguo cuartel Los Pumas de Tocumen, y no fue sino hasta la
antesala de las elecciones cuando decidió romper el silencio
ante un candidato a legislador.
Tras hacer notar que el entonces
aspirante a legislador (cuya identidad no reveló) prefirió
guardar su distancia del hecho, el testigo dijo haber revelado
a un sacerdote, primero, al arzobispo de Panamá y al fiscal
auxiliar, después, acerca del sitio en que se enterró
el cuerpo de quien se cree, podría ser el sacerdote colombiano.
A todas esas autoridades el testigo
confió una historia prolongada con la llegada de una ambulancia
al cuartel de Los Pumas, y epilogada con el recuerdo inmarcesible
de los siete pasos que contó para recordar 28 años
después, el sitio exacto de la soterrada tumba que durante
semanas ha remecido al país.
Veintiocho años de mutismo
comienzan a ceder. ¿Se estará abriendo el primer
capítulo de una nueva historia encaminada a la verdad
sobre Gallego?
CREI QUE ERA GALLEGO
Aquella noche le resultó imposible identificar a Gallego.
Aún hoy, tres décadas después, el baile
de la duda lleva el ritmo de las expectativas hacia la prueba
del ADN. El testigo clave, jamás imaginó que se
trataba del sacerdote secuestrado, sino hasta que datos posteriores
al hecho, despertaron sus sospechas.
Dijo que posterior al entierro
que presenció, corrieron una serie de rumores acerca de
la desaparición del padre Gallego. Con el paso de los
días, y dado que los hechos hallaron correspondencia,
el testigo dijo creer que el entierro sucedió el 10 de
junio de 1971.
"Ya prácticamente
no había que ser un gran tirador de línea para
saber que cabía la posibilidad de que fuera él",
razonó.
Aparte de eso, sumó, posteriormente Nivaldo Madriñán
llegó a manifestar públicamente la posibilidad
de que Héctor Gallego hubiese sido sepultado en Tocumen.
"Empecé a sospechar que era el cuerpo de Gallego
cuando se dio el hecho, y cuando vino el juicio, y Madriñán
dijo lo de Tocumen, lo sospeché más", precisó.
El testigo hace notar que hasta
ahora no existe una total certeza dispuesta a validar que la
identidad de Gallego corresponde al cuerpo hallado, pero muchos
indicios lo señalan. "A esa persona enterrada trataron
de salvarle la vida, porque el cuerpo lo encontramos con una
venda alrededor de la cabeza", explicó.
¿POR QUE NO HABLO ANTES?
Una de las preguntas que mayormente merodea alrededor del caso,
se precipita en indagar: ¿Por qué no habló
antes? ¿Por qué ahora?
El entrevistado recordó
que desde que se dieron los hechos, hasta el año de 1989,
se mantenía aferrado al poder el gobierno que guardaba
una participación directa en la muerte de Gallego. Posteriormente,
después de 1989, "ya tú sabes que todo lo
que olía a militar iba preso y después lo investigaban",
sostuvo.
"Después llegó
el gobierno de Pérez Balladares, colaborador directo de
todo lo anterior a 1989", y tampoco era posible, porque
muy probablemente no hubiesen realizado gestión alguna,
y adicionalmente hubiesen "borrado las evidencias",
siguió amontonando el testigo entre las razones que lo
llevaron a desistir de hablar.
El testigo se definió
como un militar que sufrió el constante abuso de sus superiores,
que querían hacerle gracias a los comandantes de turno.
En varias ocasiones el entrevistado mostró su amargura
porque varios de sus compañeros de trabajo lograron ocupar
puestos importantes en la institución, a pesar de que
no tenían más capacidad que él y sólo
porque se prestaron para "recoger la basura" de la
Guardia Nacional.
EL PRIMER CONTACTO
Evocando el curso que tomó la información en su
ruta de volverse pública, el testigo reveló haber
hablado en la antesala de las elecciones de este año,
con un candidato a legislador con quien guarda un parentesco
familiar. "Le expuse el caso y él me dijo no, no,
no... yo no me meto en ese problema", expresó.
Preguntado acerca de la identidad
del "honorable", el testigo dijo que resultaba preferible
"dejarlo allí".
Así las cosas, el testigo
optó entonces por confiar el secreto a un sacerdote de
la Iglesia de San José: "Yo creo que posiblemente
sepa a donde hay un cuerpo enterrado que puede ser el del padre
que anda buscando la Iglesia. Esas fueron mis palabras",
dijo el testigo antes de terminar: "El cura me puso en contacto
posterior con monseñor".
Aseguró que monseñor
le dijo que la Iglesia "no estaba bien con el presidente
de turno" y por ello se le instruyó a esperar hasta
tanto se diera el cambio de gobierno. "Esa es la razón
por la que hoy en día ustedes ven cómo culminó
beneficiosamente esto para los restos de la persona que estaba
allí enterrada", agregó.
Según dijo el testigo,
el fiscal Carlos Augusto Herrera se enteró del asunto
en los días previos a la excavación, versión
que no coincide con la de una fuente cercana a las gestiones,
quien dijo que el funcionario conoció el secreto semanas
antes del cambio de gobierno el 1 de septiembre.
Esta fuente reveló que
la idea de esperar al cambio de gobierno para dar inicio a las
diligencia de exhumar los restos del sitio, provino del fiscal
Herrera, y no del arzobispo de Panamá. Agregó que
el arzobispo siempre se mostró dispuesto a investigar
la versión.
SU CAMISA EN LA FOSA
El testigo recuerda que aquel miércoles 23 de septiembre,
él participó en la excavación de los restos
que se sospecha, pertenecen a Gallego.
Dijo que la osamenta fue hallada
"de lado" y que la pierna izquierda mostraba rasgos
de fractura. Recordó haber sido uno de los que develó
la parte de la cabeza semi cubierta con una venda sostenida con
cinta adhesiva, lo cual significa que el cuerpo presentaba una
herida que recibió atención médica.
No le fue difícil recordar
que por entonces (junio de 1971) existía la Clínica
de la Guardia Nacional del Cuartel Central (que era un consultorio
bastante modesto) y la Sala 28 del Hospital Santo Tomás,
que posteriormente vino a ser el Pabellón Victoriano Lorenzo.
Por aquellos días, ya el sitio estaba dotado de un helipuerto.
Según el informante el
miércoles 23 de septiembre, cuando se efectuó la
excavación, se hallaron restos de una camisa militar que
para junio de 1971 fue de su propiedad. Esto fue explicado por
el testigo, al recordar que el día del suceso, él
permanecía durmiendo en el jeep estacionado en el taller
de engrase de "motor pool" y decidió despojarse
de su camisa.
Precisa que antes de acostarse
recordó que su camisa militar estaba sucia y que por esa
razón optó por lavarla. Reiteró que en virtud
del castigo que se le impuso, estaba impedido de dirigirse a
su casa para remozar su presentación con ropa limpia,
y ello lo empujó a lavar la camisa sucia, para enseguida
colgarla sobre el retrovisor del jeep en el que dormía.
Aquella noche, cuando se estaba
enterrando el cadáver, una de las personas (él
cree que fue "Palanca") tomó la camisa colgada
para limpiar su anatomía y luego uno de ellos la arrojó
en el hueco. "La camisa se quedó allí... yo
no fui a cavar para sacar esa camisa.. se perdió.... se
perdió", dijo en sus revelaciones el testigo.
OTRAS FOSAS
En el curso de su conversación, el testigo reveló
la posibilidad de que existan otros cuerpos enterrados en el
área del antiguo cuartel de Los Pumas.
Se le preguntó específicamente
a qué sitios se refería y respondió que
"se dice que hay varios cuerpos enterrados". Esto sería
en un sitio en el que "se hicieron unas casas para oficiales,
en una lomita", explicó.
"Tú entras allí.
En ese lugar quedaba un cuartel de bomberos hace muchos años
atrás", siguió explicando el testigo. Agregó
que lo que antes fue cuartel de bomberos, después se convirtió
en la residencia del capitán jefe, y después se
edificó una barriada destinada a los oficiales.
"Bueno allí, por
ese lugar, se rumora que hay varios cuerpos enterrados",
confió el testigo.
Preguntado acerca de los nombres
de muertos enterrados que se rumoraban, dijo que "se supone
que por allí debe estar enterrado un señor a quien
decían el Macho Aguilar. También hablaron de un
tipo que era jefe de la guerrilla, un uruguayo de apellido Sardiñas".
¿ES UNO DE LOS ENTERRADORES?
Entre las reacciones registradas ante las declaraciones del testigo
clave, no ha dejado de levantarse la suspicacia de su eventual
participación en calidad de cómplice, en el entierro
del cadáver hace 28 años.
A estos comentarios se adhirió
el abogado Ramiro Fonseca, defensor de Melbourne Walker, uno
de los condenados por el homicidio de Gallego, quien insinuó
esta posibilidad al expresar que "más probabilidad"
existe de que el testigo participara en el entierro que su defendido.
Ante esas suspicacias se le inquirió
al testigo, qué contestaría si alguien sospechara
que usted era uno de los militares que participó en el
entierro, y respondió que no tiene preocupación
porque "cuando tú no la debes, no la temes".
Hizo notar además que él alcanzó su jubilación
con el cargo de "sargento primero".
"Si yo soy un sargento primero,
un hombre jubilado de sargento primero, yo le preguntaría
a esa persona [a quien lo acuse de cómplice], ¿A
dónde está el premio que me dieron?", dijo
el entrevistado recordando que en ese tiempo se premiaba a quienes
hacían "una torta, por no decir otro calificativo".
El informante considera que "todos
los que manejaron los trapos sucios de las esferas gubernamentales
de aquella época", fueron a quienes premiaron con
dinero, y con ascensos.
¿TEME POR SU VIDA?
¿Tiene temor?, se le preguntó aludiendo a lo que
conoce. Parco y sin sobresaltos, el testigo contestó:
"¿Quién no teme por su vida? Y es posible
que hasta ustedes [los entrevistadores] estén involucrados
en esto porque es posible que haya intereses detrás de
esto que quieren que se llegue hasta aquí".
"Es muy posible que existan
intereses que quieran que esto llegue a menos de aquí",
siguió diciendo. No desestimó la posibilidad de
que "tengas a alguien mirando a ver qué es lo que
se está cociendo aquí adentro [se refiere al sitio
de la entrevista]", exclamó antes de reiterar:
"Es muy posible que ustedes
tengan participación directa". "Por mi familia,
sí es posible que temo", respondió en otro
momento el testigo contrastando, sin embargo, que él realmente
no teme porque ha caminado toda una vida.
TE HARE JUSTICIA
En lo que se supone debió ser un monólogo interno,
el testigo prometió algo aquella noche de junio de 1971.
Por aquel entonces, comentó, se impuso la promesa de "hacer
justicia" algún día, al cuerpo que allí
se enterraba.
Cuando se le preguntó
acerca de las motivaciones que lo conminaron a fijarse tal promesa,
el interlocutor respondió que él por convicción
"nunca ha estado a favor de segarle la vida a una persona".
Agregó que su creencia se sustenta en que "para segarle
la vida a un semejante, solamente Dios".
Al inquirírsele si pensaba
así "a pesar de que era militar", respondió
que sí, y sin demorar mucho, enseguida evocó sus
funciones laborales por aquel tiempo: "Yo trabajé
como militar administrativo". Esto lo expulsó antes
de reiterar que sólo Dios tiene en sus manos la facultad
de despojar a una persona de su vida. |