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Su Mística
RAUL
VASQUEZ
Los diversos caminos
que se presentan al artista para incursionar en los secretos
inéditos del Arte, no siempre son escogidos según
el gusto personal del creador. Muchas veces, cuando estamos en
presencia de una obra perdurable, es dicho camino el que se impone
al artista, de tal suerte que ya no podrá abandonarlo
fácilmente ni mucho menos tener una conciencia clara sobre
la búsqueda. Apenas si hoy podríamos dudarlo: el
Arte llama a sus cultores y como elegidos que son, tienen la
obligación profunda de revelar sus secretos más
guardados. En ese sentido, el Arte es participación y
también invitación para adentrarnos en mundos apenas
sospechados.
Nuestra realidad
nativa, en el caso de Panamá, nos ha brindado creadores
altamente logrados, mas nunca, a mi modo de ver las cosas, hemos
contado con un artista que invoque lo sibilino de manera tan
constante. Hablamos de Raúl Vásquez Sáez
y de su mundo pictórico.
Enamorado de
los colores "térreos", el artistas plasma una
realidad interna, siempre motivada por móviles que conserva
su conciencia mítica.
Hasta el acto
más intrascendente de la biografía humana, cobra
importancia en la medida en que constituye el substrato de una
historia personal e irrepetible: la vida del artista. Los ojos
de la niñez han grabado para siempre en la conciencia
una forma de ver el mundo y el pintor conserva dicha imagen de
manera intacta. La economía de recursos "argumentales"
que el lienzo nos muestra habla de la simplicidad de un mundo
ya pasado y, además, de una concepción individual
del artista: no es más complicado un Arte saturado de
elementos ornamentales. La verdadera complicación ("la
modesta y secreta complejidad", nos dice Borges) proviene
no de una actitud racional, sino de una manera "oscura"
de ver el mundo, la cual, en términos generales, proviene
de una cosmovisión nublada por la concepción que
del mundo el artista tiene. En tal sentido, los títulos
son reveladores: fetiches de mi niñez, bruja madre de
las vacas...
El camino que
ha escogido a Raúl Vásquez para que sea pintor,
lo obliga a expresarse con ese distanciamiento que sólo
el mito puede lograr: muy distante de nosotros, siempre está
presente, por cuanto que el mito subyace en la conciencia folklórica
del espectador y cobra la vigencia necesaria en ese momento instantáneo
y mágico de la invocación. El fenómeno (también
oscuro) mencionado es posible gracias a cierto "ritual ambiguo"
(título de un cuadro del pintor) que nos liga, en un mismo
plano, cruzando tiempo y espacio, casando la imaginación
primigenia con la enajenación actual, el pasado que es
vivo recuerdo con el presente que se impone de manera incuestionable.
Así, pues, en un mismo lienzo, observamos una bicicleta
(que es, según el pintor, un "fetiche de niñez")
con caballos heridos por lanzas que suelta un "arquero ancestral".
Los caballos nos transportan a la hora de Altamira, cuando quizá
el Arte cumplió una función mucho más práctica
y logran, con ello, lanzar la diagonal que une al presente mediato
(recuerdo de la niñez) con los valores estéticos
primarios.
Hay -insistimos-
superposición de planos. Pero también hay una manera
muy sutil de negar el tiempo y de colocarnos en un espacio que
nos libera de la atadura temporal y nos hace libres en el vasto
Universo. La bicicleta habla de nuestra época y los caballos
hablan de otras épocas y el artista logra que nuestra
conciencia descubra que el tiempo no pasa, sino que somos nosotros
los que "inventamos" los cambios con la ciega seguridad
de que estamos logrando el "progreso". Esa yuxtaposición
temporal de épocas que en apariencia son distintas, subraya
una idea central de artista: el Arte plasma lo cotidiano y lo
transforma en "materia perdurable". El Arte es la mutación
alquímica que sufre un objeto trillado en materia inmortal.
El elemento alquímico mencionado no podría ser
más exacto, hay, en sentido liberal, transmutación
de tiempo, procedimiento soñado por los cultores de la
oscura Ciencia y logrado hoy por un pintor que propone una nueva
lectura del mapa vital.
Un dibujo sencillo
del artista podría lustrarnos no sólo la yuxtaposición
nombrada, sino también la vigencia del elemento cotidiano
en la obra de Raúl Vásquez.
Veamos
Un
personaje en primer plano del dibujo tiene un solo brazo extendido.
Se trata de un arquero. El personaje está suspendido en
el espacio y no hay ley gravitacional que lo haga caer. Arriba,
muy discreto, un sol se enrolla y es capaz, sin duda, de lanzar
la señal del rito esperado.
Abajo,
debajo de los pies guindantes del personaje casi en cruz, pero
sin un brazo, cuatro parejas de armadillos copulan y unas flechas
direccionales apuntan hacia la terminación del vientre
del personaje de primer plano, donde radica, sin duda, su órgano
reproductor. Si tuviéramos que titular el dibujo, no dudaríamos
en llamarlo Ministerio de la pasión. La pasión
de un redentor que hoy, en un mundo de incrédulos, carece
de un brazo, pero posee la suficiente capacidad de "convocación".
La pasión entendida en su doble acepción: el sacrificio
de un Hombre para donarnos la salvación eterna y el amor
que provoca la cópula, mostrada, en este caso, por el
apareamiento de los armadillos.
La
Pasión del Hijo de Dios es la muerte, y es, también
la vida. De la cópula de los armadillos, el mundo continuará
su curso.
Lo
cotidiano expresado está en el consuetudinario acto de
aparearse de los animales. La yuxtaposición temporal surge
de la utilización del mito cristiano y de su aplicación
de la realidad común. En un cuadro, con elementos anecdóticos
tan simples, se logra la complejidad profunda que motiva una
fuerza motora que escapa al elemento consciente.
Todos
los elementos míticos de la obra de Raúl Vásquez
proceden, sin duda, de su conciencia infantil. Y los elementos
ancestrales obvios que el artista muestra (la tumba de un aborigen
americano, por ejemplo) son sólo el pretexto para un texto
que propone una realidad polisémica apenas calculable.
Raúl
Vásquez es un arqueólogo del color. Pero su arqueología
va más allá de nuestro pasado ancestral amerindio.
El universo mítico de la obra del artista liga el tiempo
que nos toca vivir con todos los tiempos y logra que universalicemos
nuestra estadía y que superemos los falsos regionalismos.
El
valor universal del mito radica, precisamente, en su temporalidad.
Cambiarán los nombres de los mitos, cambiarán sus
presentaciones sociales, pero, en esencia, siempre es inmutable.
No olvidemos que se trata de una máscara que simula otra
máscara y detrás de dicha simulación todavía
no tendremos la seguridad de encontramos con un rostro verdadero.
Hay
artistas que superan -porque borran- el peso agobiante del único
tiempo.
Pedro
Correa Vásquez
*
Dr. Pedro Correa Vásquez, poeta y ensayista panameño.
Profesor titular de Lengua y Literatura Española en la
Universidad de Panamá. Premio Nacional de Literatura,
Sección Poesía. |

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