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Quien es
Si
restreamos la historia de la plástica panameña,
podemos observar un desfase en su desarrollo y asimilación
de las corrientes en boga en los centros hegemónicos del
poder político, económico, artístico y cultural.
Esto
es consecuencia del propio atraso socio-económico que
padecen todos los países periféricos, relegados
por muchos años a consumir y apreciar no sólo productos
ya desechados en las metrópolis, sino también ideas
de viejo cuño y a asimilar manifestaciones artísticas
ya superadas.
Así,
los pintores panameños que comienzan a exponer en la década
de los cincuenta, llegan al panorama plástico del país
con retrasadas influencias de las vanguardias europeas, mismas
que ya en esos momentos buscaban abrir otros caminos y a adentrarse
en nuevas proposiciones que el mundo tecnológico demandaba
y exigía un público ávido de admirar y también
consumir objetos de arte.
Guillermo
Trujillo,
quien expone por primera vez en 1956, pertenece a esa generación
de pintores que en Panamá, al igual que en otros países
de América Latina, comienzan a indagar/indagarse sobre
las raíces de nuestra historia, de nuestra esencia, para
amalgamar fundamentales elementos plásticos del pasado,
con aquéllos más recientes, en búsqueda
de una síntesis dialéctica. Su trabajo, en relación
a los que realizaban otros artistas de su misma generación,
comienza a delinear -con matices propios y al inicio tímidamente-,
una actitud que busca integrar un conocimiento plástico
europeizante, con una tradición nuestra igualmente rica
en sus proposiciones; utilizar los nuevos recursos, sí,
pero sin desvincularnos de nuestra heredad en cuanto a forma,
línea, color, idea del espacio.
Trujillo,
con una mentalidad que le ha brindado sus estudios de arquitectura,
organiza, después de su vuelta de España en 1958,
el mundo que quiere transmitirnos, no sólo a nivel plástico
sino a nivel histórico y social. Para quienes sólo
miraban hacia Europa como la fuente única de la cultura,
no sólo visual, los planteamientos de aquella época
de Trujillo, así como los de Eudoro Silvera, Ciro Oduber
y Julio Zachrisson, pudieron haber parecido una herejía.
No obstante, cada artista fue adecuando su visión estética
a la evolución de las técnicas adquiridas y al
reconocimiento de una conciencia histórica.
Es
en esta confrontación donde Trujillo comienza a ir perfilando
un estilo que es a la vez búsqueda y asimilación.
Oriundo de una provincia rica en mitos y tradiciones, Trujillo
enfila su percepción y su sensibilidad en esa dirección.
Lo mítico indígena no es para Trujillo ni esnobismo
ni complacencia hacia los consumidores de arte "exótico",
sino una toma de conciencia de las posibilidades que aquellos
elementos pueden aportar para el desarrollo plástico nacional/universal,
así como una llamada de atención para que volvamos
hacia nuestro entorno una mirada perceptivamente fundamental
y comencemos a reconocernos. Seguir la trayectoria de su obra
no sólo plástica, es ir del pasado al presente
y emprender el camino contrario.
No
se inserta Trujillo ni en el indigenismo, ni en el folklorismo,
ni mucho menos en la descripción de epopeyas históricas
como muchos artistas que quieren imprimirle a su arte un "tono
nacionalista". No se trata de "reflejar" una visión
occidental de lo que somos o de lo que quieren hacer ver que
somos. Para Trujillo, la forma, en cierto sentido, es casi accesoria.
El busca estar en el centro mismo del acto creador como elemento
del discurso de la experiencia cotidiana, con esa conciencia
de saber que las significaciones múltiples son fundamentales
para la expresión artística, aunque (y esto es
importante) se den en diferentes niveles.
Trujillo
quiere rescatar no tanto para él, como para nosotros,
esa situación donde lo mítico, lo mágico
y lo imaginativo eran moneda corriente entre nuestros antepasados.
Ve en ello, una reafirmación de libertad. El hombre, como
la naturaleza -parece decirnos Trujillo- eran puros en su inocencia,
antes de que la explotación de ambos se convierta en fuerza
negativa para su realización plena. Pero todo cambia.
He aquí la clave. Son plenamente identificables en Trujillo
diferentes etapas, distintas formas de expresar su única
manera de pintar según ha declarado. La mirada crítica
que Trujillo posa sobre el mundo y nuestra realidad concreta,
lo llevan a no alejarse de su transcurrir. Ver el mundo para
Trujillo es reinventarlo desde perspectivas particulares e inéditas.
Hay que mirar atentamente sus diferentes etapas, para reconocer
que en una forma sutil, nos ha estado contando la historia de
la humanidad, de nuestra humanidad, en su transcurrir cotidiano.
Si
bien el mundo artístico se debe a sus relaciones a nivel
social, también debe parte de su realidad al puramente
colorístico. Así, toda relación social-afectiva
tiene una distinta manera de ser abordada a nivel cromático.
De allí esa amplia gama que nos ofrece Trujillo, donde
no hay gratitud y sí mucho de intencionalidad.
Es
significativo que aquellos temas menos gratos a la "complacencia
estética", el maestro Trujillo los aborde utilizando
la tinta, la aguada. Tonos sombríos frente a luminosidades
dadas por el blanco del papel (la realidad descarnada, pura):
concordancia entre el tema y su forma expresiva. La violencia
para Trujillo no tiene color. Es "casi" en blanco y
negro. La violencia social, se entiende, puesto que él
también convoca en sus lienzos con rico colorido, aquella
otra: la de la naturaleza.
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